miércoles, 5 de marzo de 2014

Adios Nicolás Wilson Tambo


Por Manuel Cuen Gamboa*
 

Anteriormente en los tiempos aquellos
La gente soñaba que cantaba.

Cuando sueñas

te dan un poder especial para cantar.

Con el tiempo uno puede comenzar a cantar

Y así se aprende todo.

Nicolás Wilson, jefe tradicional Cucapá

Cuando una lengua desaparece es como si se quemaran todas las bibliotecas del mundo. Es algo horrible. 

“Con la desaparición de una lengua, se pierde no sólo un sistema de comunicación, sino una forma de pensar diferente, una manera distinta de nombrar al mundo, un conocimiento único sobra la naturaleza y la creación” 

La lengua del pueblo Cucapá, la magnífica, sonora, consonántica y milenaria lengua Cucapá que alguna vez habitó de cara al golfo de California y en santa paz con sus hermanos indios, el mar y el desierto, prácticamente está desapareciendo. Será como otra biblioteca del espíritu humano que se puede reducir a cenizas, si es que no nos apresuramos a hacer algo. 

Según Juan Gregorio Regino, la lengua Cucapá cuenta con menos de 500 hablantes. Los expertos calculan que en el presente siglo dejarán de existir el 90 por ciento de las lenguas que se hablan en el mundo. La falta de hablantes jóvenes y niños entre los Cucapá está propiciando la paulatina desaparición de la lengua. Con la muerte de los últimos hablantes, los ancianos y algunos principales, esta lengua habrá desparecido y con ella se borra una historia de miles de años. 

Ellos, que eran dueños de todo este territorio, desde el Río Gila hasta la  desembocadura del Río Colorado. De la montaña, el desierto, los lagos, del Río, del Mar, del cielo, de todo, resultaron víctimas de las depredaciones de españoles, anglos y mestizos mexicanos. 

Todos se aprovecharon. Nadie hicimos nada. Poco hemos hecho, de lo que es nuestra obligación hacer para la preservación de una cultura cuyo espíritu se pasea por la que hoy llamamos nuestra ciudad, pero que nos ha sido prestada, facilitada, rentada por sus verdaderos y milenarios dueños.

Pero aún hoy que su rastro se disipa en las aguas del mar californiano y en las reservaciones en Estados Unidos la generosidad de su "estilo de vida poco común" y el eco de su lengua sobrevive y forman parte de la riqueza general de los indios de México y las tres Américas. 

Dios, es señor que está arriba, se paró y miró para abajo. Dio orden a las hormigas que secaran la tierra. Dios dijo que trajeran semillas para sembrar. Los pájaros vinieron con muchas semillas de sandía, calabaza y maíz. Luego hubo animales. Ellos se peleaban mucho. Los pájaros trajeron la semilla, pero el corbejón mató al pescado, la garza mató al pescado y pelícano mató al pescado. Todos mataban al pescado. Cuando no había siembra, todos mataban al pescado. El zopilote, que es un animal muy apestoso, no mató al pescado, él venía y limpiaba. Él apestaba mucho, pero limpiaba. El cuervo sembró sandia, calabaza y maíz, era muy trabajador. Cuando nació la siembra, el cuervo se comió el maíz y dijo, ahí les dejo al corvejón, al pelícano y a la garza la sandía y la calabaza para que coman. Esto fue cosa de gentes, no es cuento. Fue así como quedó todo aquello. Esta historia es de los abuelos, así lo platicaron.

Durante un intenso periodo pluvial ocurrido alrededor del año 900 d.C., se formó un lago de agua dulce, convertido además en desembocadura del río Colorado. El lago Cahuilla se ubicaba al noroeste del actual delta, y abarcaba el área de los actuales valles de Mexicali, Imperial y Yuma. Los cucapá se ubicaron en la unión del delta con el lago. Apenas casi un siglo antes del arribo español, desapareció el lago y toda el área perdió sus condiciones favorables. Por ello, ocurrieron una serie de flujos migratorios; la etnia cucapá se dividió en cuatro bandas, denominadas: wi ahwir, mat skrui, kwakwarsh y hwanyak o juañak. Los cucapá de Sonora son descendientes de la última de las bandas mencionadas.

Awka Chapei, maj kuar kuar.

* Manuel Cuen. Escritor y periodista sanluisino.

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